La claridad de la luna se filtraba por la ventana de la celda, la humedad hacia que el frío calara hasta los huesos, en un rincón Gildenstern gemía incapaz de aceptar su suerte, pero el no, el estaba tranquilo, no le molestaba morir, le molestaba no saber por que, no saber que había salido mal, donde estaba el error, cual era la razón de el castigo.
Ellos jamás habían dado gesto alguno de traición, habían cumplido al pie de la letra las instrucciones, no había razón para que esto pasara.
Gildenstern presa de la desesperación corrió hacia la puerta y comenzó a golpearla exigiendo a gritos que los liberasen, que todo había sido un error.
Finalmente agotado se acurruco en el jergón de paja y durmió, pero el no podía dormir, seguía repasando lo sucedido tratando de encontrar el error, tratando de darse cuenta de que era lo que había salido mal.
Amaneció y el seguía sentado sin que nada lo inmutara, ni el grito angustiado de Gildenstern al ver en el patio el cadalso, se limito a mirarlo mientras se acurrucaba llorando en un rincón, momentos después se abrió la puerta de la celda y entro el sacerdote, se confesaron y rezaron para garantizar su cristiana sepultura.
El capitán de la guardia ingreso escoltado por dos arqueros para llevarlos al patio donde los esperaba el verdugo, a Gildenstern lo tuvieron que arrastrar, sin embargo el fue tranquilo, ya todo estaba perdido y no había razón para perder también la dignidad
De rodillas en el cadalso, el pecho descubierto y con su cuello en el tajo, mientras el verdugo se disponía a golpear, una sonrisa apareció en su rostro un sutil brillos en sus ojos, fue Hamlet, Hamlet cambio la carta